
El historiador británico Peter Heather (Belfast, 1960) se ha pasado la vida explorando cómo se construyen y desmoronan las civilizaciones. Profesor en el King’s College de Londres, formado en Oxford y con una breve etapa en el Tesoro británico, combina la precisión del … historiador con la mirada estructural del economista. Es autor, junto al politólogo John Rapley, del ensayo Por qué caen los imperios (Taurus), en el que analiza las causas del auge y declive de Roma para comprender las tensiones del mundo actual. Su tesis central es incómoda: los imperios más longevos no son derribados por enemigos externos ni por decadencia interna, sino por el éxito con el que transforman el mundo que los rodea. Heather vino a España para intervenir en un congreso internacional organizado por el Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra.
Usted ha sostenido que el Imperio romano no se transformó, sino que colapsó. ¿Por qué es importante esa diferencia?
Porque la idea de ‘transformación’ suaviza algo que, en realidad, fue un derrumbe acelerado. Roma tenía tensiones internas, pero no las que pueden destruir un sistema tan sofisticado. Lo decisivo fue que el imperio había modificado profundamente a sus vecinos. La globalización romana creó estructuras políticas nuevas: grupos que antes no existían. Los visigodos, por ejemplo, no son una continuación de pueblos antiguos, sino un producto político del siglo V surgido dentro del territorio romano. Es decir: el colapso no vino de la disfunción interna, sino de la transformación del entorno que Roma había provocado. El imperio creó, sin quererlo, a quienes lo harían caer.
¿Entonces los imperios caen más por presiones externas que por debilidad interna?
Depende. Hay imperios, como el carolingio, que se desintegraron por pura debilidad del centro. Pero el romano, o los grandes imperios modernos, son otra cosa: estructuras muy poderosas y duraderas que transforman profundamente su entorno. Mi coautor y yo sostenemos que los imperios que perduran siglos —como Roma o el bloque occidental moderno— terminan generando su propia caída. No porque alguien los ataque desde fuera, sino porque su propio éxito crea nuevas potencias a su alrededor. Las presiones externas no surgen de la nada: son un producto del propio sistema imperial. Los imperios siempre creen que son distintos. Pero lo que la historia muestra es que, cuanto más se transforman sus vecinos, más difícil les resulta seguir siendo lo que eran. Ese es el momento en que descubren que ya no dominan el mundo, sino que el mundo los ha transformado a ellos.
¿Está ocurriendo eso hoy con Estados Unidos y China?
Sí, y no necesariamente en forma de hostilidad. Los imperios generan centros de poder alternativos. En el caso de Estados Unidos, China es uno de ellos. Pero esa relación no tiene por qué ser bélica: puede ser de competencia, de tensión o incluso de cooperación. La creación de nuevas potencias significa, simplemente, que el imperio ya no puede dominar su entorno como antes. Lo que vemos ahora es una renegociación del equilibrio global, no el fin de la globalización.
¿Cree en la ‘trampa de Tucídides’ entre Estados Unidos y China?
No, en absoluto. Los políticos pueden hacer cosas muy estúpidas, pero no hay una fatalidad que condene a las grandes potencias a enfrentarse. La cuestión de Taiwán es delicada, pero no implica que haya intereses vitales irreconciliables. Lo que sí es cierto es que los políticos tienden a pensar a corto plazo. Necesitan ganar las elecciones del año siguiente, no los próximos veinte. Eso ha sido así desde el Imperio romano: las decisiones inmediatas pesan más que las estratégicas. Esa miopía puede llevar a un conflicto, pero no es inevitable.
Sociedad envejecida
«Los sistemas de pensiones se pensaron hace 80 años. El modelo no se adapta a la realidad de que vivimos 20 años más. Este es el tipo de problemas que acaban con un imperio»
¿Qué episodio histórico le recuerda más al pulso entre Washington y Pekín?
El enfrentamiento entre Persia y el Imperio romano de Oriente en los siglos VI y VII. Durante más de un siglo ambas potencias cooperaron, evitaron guerras por puro pragmatismo. Luego, por razones políticas, decidieron hacer justo lo contrario: pelear por todo. Resultado: medio siglo de guerra total que destruyó a ambos. De ese desastre solo sobrevivió una cuarta parte del Imperio Bizantino. Es un ejemplo escalofriante de cómo las decisiones erróneas pueden convertir tensiones manejables en catástrofes. Por eso me preocupa que Estados Unidos y China opten algún día por hacer algo realmente estúpido.
¿Qué enseña la caída del imperio soviético?
Que los sistemas imperiales también se derrumban por la comparación con el exterior. La URSS cayó porque Gorbachov perdió la fe en la viabilidad del sistema al ver cómo Occidente prosperaba. Las sociedades satélite —Alemania Oriental, Hungría, Checoslovaquia— podían ver la diferencia con sus propios ojos. Era insostenible. Putin, en cambio, ha apostado por la fuerza bruta. Pero su guerra en Ucrania demuestra que ese modelo está agotado. La presión interna dentro de Rusia es enorme, aunque la propaganda diga lo contrario. Es el viejo reflejo imperial: negar la realidad hasta que te aplasta.
Usted insiste en la contingencia: que nada es inevitable hasta que ocurre. ¿Puede aplicarse eso a Estados Unidos?
Por supuesto. La historia no avanza por fatalidad, sino por decisiones. Lo más difícil de escribir historia es entender qué opciones reales existían. Siempre hay alternativas. Que algo haya pasado no significa que no pudiera haber sido de otra manera. En política ocurre igual: hay que distinguir entre lo deseable y lo posible. La historia no es destino. Los imperios no caen porque ‘tengan que caer’, sino porque sus líderes toman decisiones concretas que los llevan al colapso.
Trabajó en el Tesoro británico. ¿Estamos ante el fin de la globalización?
No, lo que estamos viendo es una recolocación. Las placas tectónicas de la economía mundial ya se movieron. No hay vuelta atrás. Lo que sí ha ocurrido es que la globalización benefició sobre todo a una parte de la sociedad —las élites urbanas y financieras— mientras la clase trabajadora industrial se empobrecía. Ese desequilibrio explica fenómenos como Trump o el Brexit. Los imperios económicos también se resquebrajan cuando una parte de su población deja de creer en las promesas del sistema. Todo sistema imperial acaba generando desigualdad entre su núcleo y su periferia. Y cuando la periferia se siente traicionada, el sistema se tambalea.
¿Necesitamos más economistas o más políticos?
Necesitamos economistas que entiendan de historia. No basta con mirar el PIB: hay que ver cómo se distribuye. Y necesitamos políticos capaces de pensar más allá del próximo ciclo electoral. En Europa, el gran problema será el envejecimiento de la población. Los sistemas de pensiones de nuestro estado del bienestar se concibieron en los años cuarenta, cuando la esperanza de vida apenas superaba la jubilación en tres o cuatro años. Hoy los ciudadanos viven veinte años más y requieren atención sanitaria durante todo ese tiempo. El modelo fiscal no se ha adaptado a esa realidad. Es un ejemplo claro de cómo los sistemas políticos pueden volverse prisioneros de sus propias conquistas: la longevidad, que es un éxito social, se convierte en un desafío fiscal. Nos estamos endeudando para mantener un sistema que ya no encaja con la demografía actual. Ningún político quiere decirlo, pero es la verdad incómoda de nuestras democracias maduras. Este es el tipo de problema que puede desestabilizar incluso a un imperio moderno.
¿Sigue habiendo un vínculo entre economía y poder imperial?
Por supuesto. Todo imperio es, en el fondo, un sistema de distribución de recursos: decide quién se beneficia del intercambio y quién queda fuera. Roma no era solo un aparato militar, sino un mecanismo de redistribución. Cuando esa redistribución se desequilibra —cuando demasiados pierden mientras unos pocos ganan—, el consenso se rompe. Lo mismo ocurre hoy con el capitalismo global. Los desequilibrios económicos son los nuevos ‘bárbaros’ que presionan las fronteras del sistema.
En tiempos de posverdad, ¿qué papel le queda a la historia?
La historia debe mantener el rigor de los hechos sin renunciar a la pluralidad de perspectivas. No todo es relativo: hay verdades verificables —el Tylenol no causa autismo, por ejemplo—, pero también hay verdades de experiencia. El mismo acontecimiento puede vivirse de formas opuestas por distintos grupos. La tarea del historiador es integrar esas voces en una narrativa común sin diluir la precisión factual. Defender la verdad no significa imponer una sola versión, sino reconocer la complejidad de la realidad.
Muchos analistas hablan hoy de un ‘siglo multipolar’. ¿Cree que los imperios pueden sobrevivir en un mundo donde el poder está cada vez más disperso?
Creo que el término ‘multipolaridad’ describe bien el momento actual, pero no creo que sea nuevo. Roma también vivió fases multipolares, igual que las potencias europeas del siglo XIX o la Guerra Fría en el XX. La cuestión no es si hay varios polos, sino si esos polos son capaces de aceptar que ya no pueden imponer unilateralmente sus reglas. Los imperios pueden sobrevivir en un mundo multipolar, pero solo si renuncian a la fantasía de control absoluto. La hegemonía del siglo XX no volverá. Lo que sí puede existir es una capacidad de liderazgo: coordinar, influir, marcar normas. Estados Unidos podría seguir siendo una potencia dominante, pero no será la única. La multipolaridad no destruye imperios por sí misma; lo que los destruye es su incapacidad para adaptarse a ella. En ese sentido, el mayor peligro para un imperio es seguir creyéndose imprescindible cuando el mundo ya ha cambiado a su alrededor.






