España, Países Bajos, Irlanda, Eslovenia y probablemente la próxima semana Islandia se retiran del Festival de Eurovisión, uno de los eventos culturales más populares del viejo continente. Su boicot se debe a que la organización, a la que pertenecen todas las televisiones públicas de Europa, decidió no someter a votación el pedido que hicieron varios países para expulsar a Israel del festival como en 2021 se expulsó a Bielorrusia y en 2022 a Rusia.
Los países que abogan por no permitir la participación de Israel alegan que el gobierno de Benjamin Netanyahu usa el festival como un arma de propaganda para blanquear lo que llaman genocidio en Gaza.
La Corte Penal Internacional de La Haya tiene abierto un proceso penal contra el primer ministro israelí y otros altos funcionarios israelíes por esos crímenes.
La participación de Israel ya generaba suspicacias antes de la operación militar en Gaza porque algunos países sospechan que el Estado hebreo altera los resultados del concurso, un evento que siguen por televisión cientos de millones de europeos.
El peso político es cada vez mayor. Jefes de gobierno y de Estado como el español Pedro Sánchez o el francés Emmanuel Macron recibieron el año pasado a sus participantes antes del concurso.
Fans de un cantante israelí muestran banderas, durante la última edición de Eurovisión, en mayo, en Suiza. Foto: AP
Cómo funciona el festival
Eurovisión, que se celebra desde 1956, funciona así. Las televisiones públicas de cada país europeo eligen un representante, normalmente en un concurso nacional que se celebra unos meses antes. Esos representantes se reúnen un fin de semana en una ciudad europea, en el país del anterior ganador. El próximo mayo será en Viena porque Austria ganó en 2025.
Se celebran semifinales, donde se elimina a una parte de los países participantes. Los “cinco grandes” (Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y España) van directamente a la final con quienes pasan el filtro de las semifinales. Participan los países europeos, pero también Israel, los del Cáucaso (Armenia, Azerbaiyán, Georgia) y desde esta década Australia, donde el concurso siempre tuvo una importante audiencia en televisión.
El sistema funciona desde hace años con un doble voto. Al tradicional voto de cada jurado nacional (que otorga 12, 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2 y 1 puntos) a 11 participantes, se unió la década pasada un sistema de voto del público. El público residente en Francia, por ejemplo, puede votar con mensajes de teléfono a cualquier país, excepto a Francia.
Al tradicional voto por afinidad geográfica (España y Portugal suelen votarse entre ellas, los bálticos entre ellos, Irlanda y el Reino Unido entre ellos, etc) se unió entonces el peso de las diásporas migratorias.
Un voto político
Todo esto lleva a que el voto tenga poco que ver con la calidad de las actuaciones en sí y más con otros factores. España nunca votó tradicionalmente a Rumanía, pero desde que se instauró el voto del público lo hace siempre con fuerza. Porque en España residen casi un millón de rumanos que desde España pueden votar a su país. Pasa lo mismo con los casi dos millones de ucranianos residentes en Polonia o el más de medio millón de polacos residentes en el Reino Unido.
Con ese sistema es muy sencillo alterar el voto del público. El voto de un país grande pesa lo mismo que el de San Marino o Malta. Y una persona puede votar masivamente con su teléfono. Si quiere enviar 100 votos, puede enviar 100 votos. Y pagar un par de euros por cada voto.
La próxima edición del popular festival Eurovisión se realizará en Viena, Austria, en 2026. Foto. REUTERS
Comprar votos en países que emiten cientos de miles, como los grandes, apenas altera los resultados. Pero 2.000 votos comprados en Malta o San Marino pueden hacer que el país cambie totalmente su voto. Se sospecha que Israel lleva años usando empresas especializadas para comprar votos en países pequeños, porque son precisamente estos los que le han dado masivamente el voto del público.
A pesar de esos votos supuestamente alterados o dictados por la proximidad geográfica o la política, el festival, que fue muy popular en los años 60, 70 y 80 y perdió vigor en los 90 y 2000, volvió en los últimos años a ganar una gran popularidad. En parte porque se ha convertido en un escaparate para los colectivos LGTBIQ. Entre los últimos ganadores figuran artistas de esas tendencias sexuales.
Las televisiones de cada país suelen enviar a Eurovisión a artistas poco conocidos, pero a algunos el festival sirvió de plataforma para saltar al estrellato, como a los suecos de ABBA, al español Julio Iglesias, la canadiense Céline Dion (que participó bajo bandera suiza) o la británica Olivia Newton-John.
Algunas de las canciones más vendidas y exitosas de la historia fueron primero éxitos eurovisivos. Irlanda y Suecia han ganado el concurso en 7 ocasiones cada una, Reino Unido, Países Bajos, Francia en tres ocasiones. Algunos, como Polonia, Hungría, Rumanía o Bulgaria, nunca lo ganaron. Los británicos han sido segundos en 17 ocasiones y los noruegos últimos 12 veces. Irlanda ganó tres veces consecutivas en 1992, 1993 y 1994. Y volvió a ganar en 1996.
Israel y Eurovisión
La participación de Israel en los últimos años ha generado además otro fenómeno político que antes no existía. Eurovisión no era un festival de carácter ideológico. Ahora eso cambió.
Todos los partidos de extrema derecha europeos apoyan ahora abiertamente la participación de Israel y algunos, como los españoles de VOX, incluso promueven que el voto del público de los españoles vaya al artista israelí. Eurovisión se ha convertido en una batalla cultural para la extrema derecha.
Nadie espera en Eurovisión un concurso de calidad musical. Porque no se trata de eso. Tampoco una representación de las músicas nacionales, porque cada vez es más común que la mayoría de los artistas canten en inglés y canciones de estilo pop-electrónico. Es simplemente una fiesta muy popular que corre riesgo por la politización de los últimos años.