Se tira al suelo de esta Rod Laver Arena Carlos Alcaraz de la que se hace dueño por fin. El título más deseado, el que anhelaba por encima de todos los demás, y que atrapa tras dominar a un Novak Djokovic que redefinió … la precisión en el primer set y la persistencia y el orgullo y la ambición en los otros tres, pero acabó aceptando la rendición del cuerpo ante este Alcaraz soberbio. Hubiera sido el más veterano en ganar un Grand Slam, que lo hubiera llevado donde no está nadie con 25 trofeos, con 38 años y 255 días; pero la historia la reescribe Alcaraz, el más joven en el tenis masculino en completar el póker de Grand Slam, con 22 años y 272 días. El murciano, que tembló ante la leyenda en el primer set, se creció después como el campeón del hoy que es para es 2-6, 6-2, 6-3 y 7-5 en tres horas y 2 minutos con el que inclina el devenir del tenis hacia su era y su edad.
Se habían dado soberanas palizas en semifinales, pero los dos contemplan esta final como una oportunidad que no quieren dejar escapar. Al serbio, que sabe que no le quedan muchas pero nunca se volverá a repetir que es la última, dado su actuación ante Sinner. Para el español, porque lo quiere todo ya, que quién sabe qué pasará en el futuro. Apelan los dos a intentar acortar puntos en los primeros instantes, así que es una bonita lección de saques milimetrados y precisos en la que se ahorra de momento alguna carrera de más.
Sale un Djokovic de otros tiempos, y el de la pasada semifinal, impecable con los paralelos, sin velocidad pero con intención, restador, amenazante, sintiendo la pelota como lo ha hecho en los últimos veinte años para ser quien es, y mete presión en este Alcaraz cuya derecha no corre tanto en esta noche de temperaturas bajas. Salva la papeleta una vez, con una dejada, y otra vez, con un derechón, que sacan la sonrisa del serbio. Pero esta se vuelve más amplia aún cuando logra otro error del español que lo llevan al 4-1.
Se conocen, y uno ha ganado dos finales de Wimbledon, sí, pero el otro le hizo un partidazo tremendo en la lucha por el oro olímpico. Y eso también está en la mente de Alcaraz, que se muestra más temeroso en algunos instantes, aunque confía que esto se puede hacer largo. Y eso también está en la mente de Djokovic, que se muestra más agresivo para intentar horadar esas dudas lo antes posible.
Percute y percute el serbio en estas arenas movedizas en las que se mueve el murciano con su derecha. «Imposible, imposible», se queja ante Samuel López. Al contrario que la del serbio, que sale con una ligereza y una precisión que atormenta al español, y con la que se gana dos bolas de set y con la que cierra con un restazo monumental, un puñal en un Alcaraz desnortado, como aquel al que le pesó la leyenda del rival en las semifinales de Roland Garros 2023. Solo dos puntos al resto.
Aguanta el chaparrón el murciano, enfados y malestar, pero sabe que tiene dentro todo lo necesario para salir del agujero mental y la jaula en la que le ha metido el serbio. Son dos bolas de rotura que se gana en el primer juego del segundo set que Djokovic le niega. Pero ya arriesga, profundiza, es más valiente, más liberado. Estar ahí, creer, su mantra. Por fin, una dejada, un remate de espaldas, otra derecha y por fin un juego de los suyos, sin presiones ni miedos. Otro Alcaraz, que ya tiene su truco de magia con una derecha que roza la cinta y vuelve a rozarla en la caída para su primera bola de ‘break’ del partido. Falla el serbio en la red. Es otro Alcaraz, otro Djokovic, otra final.
Y eso que el murciano vuelve a despistarse y el serbio, que no pierde la atención, lo obliga de nuevo a jugar bajo presión de la rotura. Suelta Alcaraz la frustración con un grito y un puño a la grada cuando defiende su servicio tras una defensa tremenda ante los, de nuevo, impecables paralelos de Djokovic. «Que te vea, que te vea», le indica López desde el banquillo, porque ve a su pupilo demasiado agazapado ante un serbio agrandado.
Se va levantando el murciano y de qué manera, por fin derecha que mortifica, por fin restos que hacen tambalear al rival, que ya no impacta tan limpio y baja su porcentaje de efectividad. Del 93 % de puntos ganados con el primero, al 50 % en este segundo set en el que resurge la magia y la potencia del español, y con la que empieza a hacer mucho daño: dos ‘breaks’ de piernas y consistencia, de concentración y valentía. De las dudas a la certeza de que ahora es él quien doma la pelota y domina al campeón de 24 Grand Slams. Del 2-6 en 33 minutos, al 6-2 en 35.
Djokovic acepta este cambio de rumbo el partido y pone rumbo al vestuario mientras Alcaraz pide explicaciones de por qué se cierra el techo, condiciones más favorables quizá para Djokovic, con una pelota más firme y sin alteraciones ambientales. López intenta que olvide eso y se vuelva a centrar en el partido: «La idea es seguir y seguir, intenta alargar el partido». Sabe que su cuerpo aguantará más que el del rival. Y con él, también el nivel del tenis.
Cómo discurre el partido se imprime en los gestos de cada uno: más serio y algo fatigado el del serbio, que ha perdido fuerza en la mano y las piernas y, por tanto, efectividad en sus golpes; más resuelto y concentrado el del español, que se da un carrerón de los suyos para intentar alcanzar una dejada del rival que celebra la grada aunque no logre el punto. Djokovic no mira, ni sonríe, no desgasta ni una energía más de la debida, que la necesita toda en este momento.
Empieza entonces la final que todos esperaban, el tenis al servicio del ‘show’ porque los dos son capaces de las cabriolas más insospechadas, como ese revés de Djokovic por fuera de la red que, no obstante su espectacularidad, la devuelve Alcaraz con un grado más. Como ese intercambio de derechas anguladas que la del serbio ya parecía imposible y la de Alcaraz todavía se escora más. Hasta Nadal sonríe, asiente, celebra, aplaude, admira.
«Con la derecha no sé qué hacer», dice a pesar de que domina ya la final el murciano. No está contento porque no desborda del todo al rival, y eso que logra la rotura en el sexto juego porque ha encontrado cierto desgaste y fragilidad en el de Belgrado. «Cambia la velocidad, dale más lento», le contesta López. Los dos saben que los minutos juegan a favor del español, más dinámico conforme toma temperatura y exigencia física el choque, y en contra del serbio, que tiene que exprimirse cada vez más y se nota cada vez más esa diferencia de 16 años entre ambos.
Amplía esa diferencia el de El Palmar, que se gana una, dos y tres bolas de set por potencia y cambiar la dirección y mover al rival y dejarlo clavado con una dejada que solo ha visto él. Aunque sabe Djokovic que no puede ceder aquí, que tiene que exprimir todo lo que ya cada vez va faltando más porque son dos horas de partido, que no son muchas, pero la exigencia de concentración es enorme, que dos sets en contra serían… demasiado. Y se defiende con todo de esas tres, pero se le escurre el cansancio y la empuñadura en la cuarta con un revés paralelo que se va al pasillo. Ha hecho todo lo posible, pero le esperan, si quiere el 25 Grand Slam, otros dos sets a este nivel que ya ha impuesto el español.
Y es demasiado, pero no se irá sin luchar, sin obligar a Alcaraz a exprimirse también al máximo para quitarle este jardín australiano en el que ha triunfado en diez ocasiones, que nunca, hasta ahora, ha perdido una final. Alcaraz lo sabe, y sacude de lado a lado para desesperar y agotar al rival; sus golpes lamen las líneas con contundencia y confianza, que llega a todo porque él no nota las cinco horas y media de la semifinal, que tiene 22 años y muchas ganas de adueñarse definitivamente del tenis del hoy, por encima del nombre y el aura que tiene enfrente, al que la grada impulsa con un «Nole, Nole» de quien disfruta de una oportunidad única de ver todavía el tenis de siempre.
De ahí que se vuelva loco el personal cuando el que ha estado 428 semanas en el trono de la ATP levanta seis bolas de rotura en el segundo juego del cuarto set. De de ahí que celebre a lo grande que Djokovic gane su siguiente turno de saque en blanco. Que aguante otras dos opciones de rotura en el siguiente para el 4-4 y meter más presión en el español con una bola de rotura a favor para el 5-4 y saque. Que pide a la grada que lo anime, que sigue aquí, mostrando carácter, tenis, ambición, hambre, 24 Grand Slams, 101 títulos. Que ahoga a Alcaraz de nuevo son su saque, que no le deja respirar, que no se va, que es un 5-5. Es Djokovic.
Pero es demasiado este Alcaraz, que busca y encuentra líneas para rematar al serbio al límite del ‘tie break’. En pie el público, y el mundo del tenis, porque se cumplen tres horas y aguantan los dos un intercambio de 25 golpes soberbio. Pero es la explicación de que la balanza se desequilibre en favor del español, porque sobrevive un poco más porque está más fresco, más liviano, más capaz, con dos bolas de partido.
Y se lanza al suelo porque a Djokovic no le aguanta la derecha. Manos a la cabeza para el murciano, que inclina la historia del tenis a su lado, el más joven en completar el póker de Grand Slams con 22 años, por fin en su poder este Abierto de Australia.
Un regalo de cumpleaños magnífico para su entrenador, Samuel López, con el que continúa el crecimiento marcado, el éxito esperado, la sonrisa permanente. Para él, el premio de mejor entrenador del torneo. Y el respeto y el reconocimiento a un trabajador del tenis.
«Enhorabuena, Carlos, lo que estás haciendo es histórico, legendario. Somos jóvenes, nos veremos en más de estas en los próximos diez años», se rinde el serbio en su parlamento de finalista. «Llevo 21 años viniendo aquí, ha sido una gran carrera y no sé lo que pasará en el futuro. Ni me hubiera imaginado estar aquí y sé que estoy aquí gracias a vuestro apoyo», indica después de agradecer a su equipo y su familia.
«Lo que haces es tan inspirador durante toda mi carrera. No solo para los tenistas, sino para todos. Es un honor estar aquí, y compartir torneos y verte jugar, muchas gracias por todo lo que haces», devolvió los halagos el murciano. «Gracias a mi equipo, nadie sabe lo que hemos pasado y hemos tenido que trabajar, que nos olvidamos de lo que hablaban los demás y nos centramos en hacer el trabajo. Este trofeo es también vuestro», continuó. Y también se dirigió a Nadal: «Creo que es la primera vez que me ves jugar como profesional. Es un honor y un privilegio tenerlo aquí y jugar enfrente de ti».