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La grafología no sustituye el trabajo de un psicólogo, sino que actúa como una aliada en el proceso de comprensión y orientación

Quizás porque soy madre y hermana de emigrantes, como lo es ahora la mayoría de los venezolanos, el sentimentalismo me embarga con frecuencia. Recuerdo mis años de juventud, cuando la ecuación planteada y practicada por nuestros padres solía dar resultados claros y satisfactorios: si estudiabas, te graduabas y ejercías tu profesión con dedicación, podías conseguir un buen trabajo, con un salario suficiente para comprar un carro, una vivienda y cubrir las necesidades de tu familia. En otras palabras, era posible casarse, tener un automóvil decente, un apartamento y mantener un hogar. Sin embargo, hoy en día, eso se ha vuelto extremadamente difícil, casi imposible de alcanzar para un joven. Por eso, esa mayoría de venezolanos que hoy está dispersa por el mundo tomó la decisión de partir.
Como he mencionado en otros artículos, los Correa Feo vivimos fuera del país durante tres años, aunque en circunstancias muy diferentes a las de hoy. En aquel entonces, la dinámica era sencilla: ibas, estudiabas y regresabas. Sin embargo, hay algo que no ha cambiado con el tiempo: ese sentimiento arraigado de que Venezuela es el mejor país del mundo. Fue durante esa época, en el año setenta y uno, cuando descubrí la grafología. Mis padres habían realizado un curso de test proyectivos y me propusieron que, como ya había terminado mis clases escolares y el próximo curso en el Instituto de Psicología EOS sería de grafología, los acompañara. De esa manera, no perdería el tiempo y aprovecharía para aprender algo nuevo. El docente sería uno de los mejores grafólogos de España, el profesor Mauricio Xandró, discípulo de Matilde Ras, la madre de esta ciencia en España.
Recuerdo que el maestro Xandró comenzó diciendo: “Aquellas personas que hayan entrado aquí con una ‘M’ desigual, donde el último monte es más grande que los demás, saldrán con una ‘M’ opuesta; es decir, con el primer monte más grande, lo que indica que se sienten superiores a los demás. Porque, créanme, pueden llegar a conocer a alguien con solo ver su escritura”. Tal vez lo dijo en tono de broma, pero al mirar mi propia ‘M’, me di cuenta de que coincidía exactamente con su descripción: el primer monte era pequeño y el último, desproporcionadamente grande. Era como si el temor al qué dirán estuviera plasmado en mi letra. Después de un curso intensivo de varias horas diarias, salí transformada. No solo había aprendido a conocer a las personas a través de su escritura, sino que mi ‘M’ también había cambiado: el primer monte había crecido hasta igualar al último. Ya no le temía al qué dirán; simplemente, me sentía igual a todos los demás.
Cuando nos tocó vivir en España por segunda vez, de 1975 a 1977, era el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, Venezuela vivía su primera bonanza petrolera; de hecho, se la conocía como “La Venezuela Saudita”. Había muchos venezolanos estudiando fuera gracias a las becas otorgadas por le Fundación Gran Mariscal de Ayacucho y fue muy lindo compartir con tantos compatriotas. Recuerdo la emoción de Félix, un joven caraqueño, estudiante de turismo, cuando en clases dijeron que las mejores playas del mundo eran las del Caribe, especialmente las de Venezuela.
Nosotros no estábamos becados. Mis padres formaban parte del sistema universitario de “rotación”, del cual he hablado en alguna ocasión. Este sistema funcionaba de la siguiente manera: tres profesores firmaban un convenio que tenía una duración de seis años. Durante ese período, mientras uno de ellos salía del país para realizar un posgrado de dos años, los otros dos se quedaban cubriendo sus clases. Al regresar el primero, era el turno del segundo profesor de ausentarse por el mismo período, impartiendo nuevamente sus propias clases y asumiendo la mitad de las horas del que partía. Finalmente, en los últimos dos años, el tercer profesor tomaba su turno para salir, y los otros dos profesores compartían las responsabilidades académicas del que se fue, manera equitativa.

Mi mamá hizo un postgrado en Bibliotecología y mi papá en Filosofía, pero quería también tomar un curso de grafopsicología. El mismo profesor que habíamos tenido en el año setenta, Mauricio Xandró, nos atendió. Eran dos años de grafopsicología, y me gustó la idea. Creo que mi papá me hizo ir primero ahí, para ver si me entusiasmaba, porque la Grafología ya era parte de mi vida. Pero la secretaria, María Soledad Timoneda, dijo que no podía inscribirme porque el curso tenía nivel de postgrado y yo no tenía pregrado. Entonces intervino el maestro Xandró: “No, María Soledad, la cosa no es así. Por una parte tienes razón porque este curso sólo está dirigido a Médicos, Psicólogos, Abogados y Grafólogos, pero ella sí puede inscribirse, porque es grafólogo, yo tengo una copia de sus estudios hechos en EOS hace cuatro años”. Después agregó dirigiéndose a mí: “Tú tienes madera de grafólogo, recuerdo que fuiste la que presentó más intuición en el curso que hiciste, tal vez te ayudó tu juventud. Creo que debes estudiar Grafología seriamente”.
Cuando regresamos a Venezuela no pensé que la grafología sería mi compañera de vida. Fui una de las primeras articulistas del suplemento dominical “Lectura”, de este, nuestro diario, “El Carabobeño”, dirigido en aquella época por Nell Belarra. Todos mis artículos fueron de grafología, desde lecciones hasta análisis de personalidades y artistas de la época. Me acostumbré a escribir siempre sobre este tema y lo hice para otros medios, inclusive, trabajé para televisión, analizando la escritura de los invitados de ciertos programas.
He tenido la fortuna de ser invitada como ponente a congresos de grafología en varios países, como México, España y Argentina. Sin embargo, la rama de la grafología en la que más he trabajado desde hace cuarenta y ocho años, es la forense, específicamente la documentoscopia. Esta disciplina no se enfoca en revelar cómo es la persona que escribe, sino en identificar al escribiente, es decir, determinar si una firma o un escrito es auténtico o falso.
Actualmente, estoy trabajando en un colegio de Valencia impartiendo cursos de grafología infantil a sus docentes. El objetivo es brindarles una herramienta de apoyo en la formación de los niños, capacitándolos a comprender, a través de los garabatos y la escritura inicial de los pequeños, aspectos como su carácter, personalidad, posibles conflictos y problemas de aprendizaje. Es importante destacar que la grafología no sustituye el trabajo de un psicólogo, sino que actúa como una aliada en el proceso de comprensión y orientación.