
El Tribunal Constitucional portugués oficializará este miércoles los nombres de los dos candidatos más votados en las elecciones presidenciales que se enfrentarán en la segunda vuelta, prevista para el próximo 8 de febrero. Aunque la campaña electoral solo arrancará oficialmente el día 27, el … socialista António José Seguro y el líder ultraconservador André Ventura ya han comenzado a buscar apoyos tanto dentro como fuera de sus respectivos espacios políticos. De ese duelo saldrá el próximo presidente de Portugal.
En el campo progresista, el alineamiento ha sido rápido. El Partido Socialista, el Bloco de Esquerda, el Partido Comunista Portugués y el partido Livre han manifestado su apoyo explícito a Seguro, al que presentan como garante de la estabilidad institucional y del papel moderador del presidente de la República. Aunque con diferencias programáticas, todas las fuerzas de izquierda coinciden en la necesidad de impedir la llegada de la extrema derecha a la jefatura del Estado y han pedido el voto para el candidato socialista en la segunda vuelta.
La situación es muy distinta en el bloque conservador. El candidato presidencial del Partido Social Demócrata (PSD), Luís Marques Mendes, que quedó en quinta posición con uno de los peores resultados históricos para los socialdemócratas en unas presidenciales, fue uno de los primeros en descartar un posicionamiento público. «No voy a pedir a las personas que me han votado que transfieran sus votos a ningún candidato, porque cada persona es libre de votar en quien considere», afirmó la noche electoral.
Minutos después, el primer ministro Luís Montenegro compareció para asumir la derrota del candidato apoyado por el Gobierno y dejar claro que, a partir de ese momento, el Ejecutivo quedaba fuera del debate presidencial. «Desde el Partido Social Demócrata no vamos a imponer ninguna dirección de voto; cada persona votará libremente», declaró Montenegro, que evitó pronunciarse sobre si votará al socialista José Seguro o al líder de Chega.
Una postura similar adoptaron otros protagonistas de la primera vuelta. El almirante Henrique Gouveia e Melo, también derrotado en las urnas, afirmó que «nadie es dueño de nadie» y evitó decir a quién apoyará en la segunda vuelta. «Es prematuro anunciar una posición», dijo la noche electoral. En la misma línea se expresó João Cotrim de Figueiredo, exlíder del partido Iniciativa Liberal, que quedó en tercera posición sin votos suficientes para pasar al balotaje. «Los votos son libres», declaró, sin posicionarse a favor de ninguno de los dos candidatos.
Según varios analistas políticos, esta falta de posicionamiento refleja las dificultades de la derecha tradicional para gestionar el ascenso de André Ventura sin legitimar su discurso. Para la politóloga Paula Espírito Santo, «nunca es fácil apoyar a un rival en unas elecciones presidenciales», como ocurrió en 1986, la única vez que Portugal vivió una segunda vuelta. Entonces, el democristiano Freitas do Amaral se enfrentó al socialista Mário Soares. Aunque el primero había sido el más votado en la primera vuelta, fue Soares quien acabó sumando más apoyos en la segunda y se convirtió en presidente de la República.
El contexto actual añade, sin embargo, una dificultad adicional. «Asumir públicamente el apoyo a André Ventura supone reconocer a un candidato que se mueve fuera de las normas del sistema y cuyo discurso muchos consideran antisistema y contrario a la Constitución», subraya Espírito Santo.
Por su parte, el analista político João Pacheco considera que apoyar a Ventura «abre la puerta a su validación como figura central del poder político», más allá de estas elecciones. Aunque el líder de Chega se presenta a la carrera presidencial, su principal objetivo político sigue siendo gobernar Portugal. En ese sentido, Pacheco advierte de que, si la derecha institucional opta por apoyar a José Seguro o por mantenerse al margen, corre el riesgo de dejar un espacio político en el que Ventura puede seguir creciendo.
Con la izquierda alineada en torno al candidato socialista y la derecha tradicional evitando definirse, la segunda vuelta se perfila como una contienda marcada por la ausencia de alianzas formales y por el debate sobre el papel del presidente como garante de la estabilidad democrática.