

La derrota nos dejó fuera, cediendo el pase a la repesca a Bolivia, que capitalizó sus últimos compromisos. Ahora bien, ya con la emoción a tope en el continente, nos preparamos para presenciar una edición histórica: la primera Copa del Mundo con 48 naciones, con la particularidad de tener a Estados Unidos, Canadá y México como anfitriones. La mesa está servida para un banquete futbolístico gigantesco, con más cupos y más drama, pero lamentablemente, sin el sabor criollo en la cancha principal, como era y sigue siendo nuestro sueño.
La expansión de 32 a 48 equipos es, sin duda, la nota más trascendental, pues es un cambio implica que la fase de grupos pasará a ser de 12 con cuatro equipos cada uno; clasificarán a la siguiente ronda (dieciseisavos de final) los dos primeros de cada grupo, además de los ocho mejores terceros. Esta nueva arquitectura del torneo se traduce en un total de 104 partidos, un incremento significativo respecto a los 64 que estábamos acostumbrados. Para selecciones con procesos de crecimiento como la Vinotinto, la ampliación de cupos parecía ser la llave dorada que abriría la puerta al sueño mundialista. Sin embargo, el destino y los resultados nos recuerdan que la clasificación no se regala: se gana con constancia y jerarquía.
El reto para la selección de Venezuela en las venideras eliminatorias es mayúsculo, pero la ilusión se renueva. Más países significa más oportunidades, sí, pero también obliga a tener un proceso más sólido y menos dependiente de los resultados de terceros, a menos que decidan ampliar a 64 equipos como ya se anuncia para el futuro Mundial de 2030, por parte de la FIFA, cosa que no se decide por ahora, con lo cual todos los 10 sudamericanos entran a juro. Bueno, mejor no especulemos.
La FIFA no dejó nada al azar, en el sorteo de ayer, fue evidente la estrategia de «blindar» a las potencias del fútbol mundial, los bombos se armaron con el objetivo claro de evitar que los gigantes se topen en las primeras fases del torneo, asegurando así su presencia, al menos, hasta las instancias finales; de modo tal que equipos como Brasil, Argentina, Francia, España, Alemania y la propia anfitriona Estados Unidos, fueron ubicados estratégicamente para liderar sus grupos y no eliminarse entre sí antes de tiempo.
La única manera en que una de estas superpotencias se quede por fuera de los dieciseisavos es que no logre terminar la primera ronda como líder de su grupo o como uno de los mejores segundos, lo que sería una sorpresa mayúscula y una catástrofe deportiva. Esta planificación busca garantizar el espectáculo, manteniendo a los grandes nombres en competencia la mayor cantidad de tiempo posible, lo que beneficia claramente para la taquilla y los derechos televisivos. Para el espectador neutral, esto promete unos dieciseisavos de final de altísimo calibre, donde verdaderamente comenzará el «Mundial de la muerte súbita».
El hecho de que el torneo se celebre en Norteamérica le otorga un sabor especial, pues esta vez Estados Unidos, México y Canadá serán los encargados de acoger a las 48 selecciones; para la diáspora venezolana que reside en estos países, el Mundial será un consuelo. Aunque la Vinotinto no esté en la cancha; la posibilidad de ver fútbol de primer nivel tan cerca y sentir la euforia del torneo, será un bálsamo.
Muchos paisanos seguramente se pondrán la camiseta de países hermanos o adoptarán a un equipo sorpresa para apoyar con pasión. Mientras tanto, en la tierra de Bolívar, el sorteo nos sirvió como recordatorio de que la deuda con la afición sigue pendiente. El camino a la próxima Copa del Mundo ya comenzó en el alma del fanático venezolano.
Es hora de dejar atrás el lamento por el repechaje perdido y enfocarnos en el futuro: la meta de ver el pabellón nacional ondear en el 2030. La ilusión no se negocia, y aunque veamos el banquete desde la acera de enfrente, la esperanza de estar adentro en la próxima oportunidad es lo que nos mantiene vivos y encendidos. ¡Veremos!